sábado, abril 20

La lehendakari vasco al que Hitler persiguió por toda Europa

«Cuando llegó a la estación en busca de su familia, llevaba ya medio año viviendo bajo una identidad falsa. Nunca antes había tenido que pasar a la clandestinidad. Pero la política de Hitler le obligó a abandonar a su familia e iniciar una vida nueva, basada en una mentira, y convertirse en el panameño José Andrés Alvarez Lastra. El pasaporte auténtico con la identidad falsa le garantizaba su libertad individual, porque evitaba que diera con sus huesos en un campo de concentración», explicaba Ingo Niebel en ‘A la caza del primer lehendakari’ (Sine Qua Non, 2022).

El historiador se sumergía en su ensayo en uno de los episodios más desconocidos y sorprendentes de la Segunda Guerra Mundial. Para ello retrocedía hasta aquel 14 de mayo de 1941 en Berlín. ¿Qué hacía el tal Álvarez Lastra, de nacionalidad panameña, perdido en la Alemania nazi durante uno de los peores momentos de la historia del siglo XX? ¿Quién era realmente ese hombre de baja estatura, pelo oscuro, con gafas, bigote y gorro que paseaba nervioso por el anden de la estación Friedrichstrasse?

En realidad, nadie se daba cuenta, solo él, o al menos eso parecía. Pero tenía razones para estar inquieto a pesar de no ser judío, ni un espía aliado, ni homosexual ni gitano, por citar solo a alguno de los colectivos que los nazis exterminaron en aquellos años. La noche anterior, sin embargo, había transcurrido tranquila, sin alarmas aéreas. La portada del diario ‘Völkischer Beobachter’, por su parte, anunciaba ‘Esclarecimiento del caso Rudolf Hess’, en referencia a la huida del número dos de Hitler, que cuatro días antes había tomado un avión de combate para desplazarse al Reino Unido y negociar la paz por su cuenta.

El tal Álvarez Lastra había llegado a Friedrichstrasse a las 7.30, con tiempo suficiente como para no perderse entre los complicados pasillos de la estación. La preocupación de llegar tarde le pesaba tanto que el día anterior había estudiado el sitio a fondo para no perderse en el laberinto arquitectónico. Lo más importante para el panameño era que del tren procedente de Bruselas descendiera una mujer con sus dos niños para unirse con él y seguirle en su huida a través de la Alemania nazi. Los visados tenían fecha de caducidad y la Gestapo le seguía muy de cerca, pero los necesitaba para conseguir la documentación necesaria para que los cuatro pudieran salir a Suecia y comenzar una nueva vida.

El lehendakari

Detrás de su falsa identidad de panameño se escondía nada menos que José Antonio Aguirre Lekube, el primer lehendakari de la historia del País Vasco, que era perseguido desde el final de la Guerra Civil por toda Europa, y no solo por la Gestapo, sino también por la Policía franquista. Una odisea que el mismo lehendakari contó también en su relato autobiográfico ‘De Guernica a Nueva York pasando por Berlín’ y en el diario que escribió durante su fuga. Con su libro, Niebel intentó vertir un poco de luz sobre las razones que llevaron al presidente de los vascos a viajar a la capital alemana a pesar de saber que la temida policía secreta del ‘Führer’ le pisaba los talones.

«Para ello hacía falta estar muy desesperado o ser muy valiente o bilbaíno. El panameño reunía los tres requisitos. La desesperación hace que el ser humano busque ayuda espiritual o explicación en la existencia de una fuerza mayor que es la responsable de todo lo que le ocurre en la vida terrenal. Según la creencia de Álvarez, la providencia de su Dios cristiano lo protegía, aunque esta le había separado de su familia y llevado hasta el centro político de un estado que mostraba su rechazo hacia el cristianismo y propagaba un asesino paganismo germano», asegura el historiador.

Aguirre, además, estaba convencido de que las democracias occidentales necesitaban conseguir una pequeña victoria en su lucha contra un fascismo que, desde 1939, no había hecho más que triunfar en todos los frentes, incluido el español. Si conseguía escapar con su familia, demostraría que el nazismo era vencible… y estaba a punto de conseguirlo. A partir de ese momento en la estación de Friedrichstrasse, los cuatro iban a fingir estar en una especie de viaje de vacaciones, aunque en realidad se estuvieran fugando de la barbarie nazi. Según pensó el presidente vasco, no había mejor lugar que Berlín, el sitio aparentemente más peligroso, para pasar desapercibido.

Las dudas

Algunos historiadores han puesto en duda hasta qué punto estaba siendo perseguido por los nazis. Él mismo dudaba de si la Gestapo había descubierto ya su falsa identidad, teniendo en cuenta que España era un político muy conocido, cuyo retrato había aparecido, incluso, en la portada de ABC. En concreto, en la del 9 de octubre de 1936, dos días después de jurar su cargo como lehendakari, en un acto que se celebró ante el famoso árbol de Guernica.

Aguirre se exilió a Francia antes de que acabara la Guerra Civil, cuando se encontraba en la cúspide de su carrera política. Allí estuvo hasta que, en 1940, fue ocupada por los nazis. Con el canal de la Mancha bloqueado, se vio obligado a iniciar una huida rocambolesca y casi milagrosa que, a los ojos de sus coetáneos, le convirtió en una especie de mito entre los políticos y simpatizantes nacionalistas y republicanos, y en la que tuvo mucha más suerte que el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, detenido por la Gestapo, entregado a las autoridades franquistas y fusilado en el castillo de Montjuïc, Barcelona.

A la construcción esa imagen contribuyó su fulminante y precoz elección como alcalde de Getxo y diputado a Cortes por Navarra con solo 27 años, en 1931. Cinco años después llegó a la presidencia del primer Gobierno de la historia, en una coalición entre los nacionalistas y los partidos del Frente Popular. Pero el acontecimiento decisivo para su mitificación fue su famosa odisea en la clandestinidad por la Alemania nazi, de la que solo pudo escapar en circunstancias rocambolescas poco después de reunirse con su familia en Friedrichstrasse.

La burocracia

Bajo identidad panameña, Aguirre pasó de Dunquerque a Bruselas y de allí se marchó a Berlín. «La fuga de Aguirre por Bélgica y Alemania nos lleva desde los campos de batalla hasta la clandestinidad, de las cloacas de los servicios secretos a los laberintos políticos y policiales que caracterizaron las ambiguas relaciones hispanogermanas», explica Niebel. Durante esa época, tuvo que improvisar todo tipo de tretas para abandonar la gigantesca cárcel en la que se había convertido el Reich. El principal problema fue la enrevesada burocracia internacional, que le impedía salir legalmente del país.

Cuenta el historiador que, en Bélgica, supo engañar tanto a la Policía española como al control alemán. Hasta entonces había jugado con cierta ventaja frente a los que le estaban pisando los talones, porque al carecer de una ruta de escape preparada con anterioridad la había tenido que hacer sobre la marcha. Su debilidad, sin embargo, seguía siendo su familia. Hasta que no llegara con su mujer y sus hijos a Suecia no se detendría. «Cada momento que Aguirre siguiera en Alemania, aumentaba la posibilidad de que sus perseguidores diesen con su pista en Bélgica y que eso les llevara hasta Berlín. Sea como fuere, hasta que no se presentase la Gestapo para detenerle, se atendría a su plan», subraya NIebel.

Eso nunca llegó a ocurrir. Al llegar su familia a Berlín, se cumplió uno de los puntos más importantes de su ruta de fuga, puesto que le daba la posibilidad de obtener los permisos necesarios para continuar su viaje hasta Suecia, como así ocurrió. El país escandinavo les ofreció la perspectiva de reiniciar la vida común que habían dejado hacía casi un año, pero no fue su destino final.

Todavía bajo identidad falsa, permaneció varios meses en Brasil, Uruguay y Venezuela, hasta que el Gobierno de Estados Unidos le autorizó a residir legalmente en su país. Después de trasladarse a Nueva York, permaneció allí hasta 1946, donde presidió el Gobierno vasco en el exilio, al tiempo que ejercía de profesor en la Universidad de Columbia. En esa época, Diego Martínez Barrio, el presidente de la República española en el exilio, le ofreció la jefatura del Gobierno republicano, pero él la rechazó, falleciendo inesperadamente en París, a los 56 años, en 1960.